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March 20, 2009

No

Nosotros decimos no (we say no)

Eduardo Galeano

The translation to English is after the jump.
Este discurso fue presentado en inauguración de las jornadas de «Chile crea», en Santiago de Chile, a mediados de 1988. La traduccion al inglés está al final. (leer más).

Hemos venido desde diversos países, y estamos aquí, reunidos a la sombra generosa de Pablo Neruda: estamos aquí para acompañar al pueblo de Chile, que dice no.

También nosotros decimos no.

Nosotros decimos no al elogio del dinero y de la muerte. Decimos no a un sistema que pone precio a las cosas y a la gente, donde el que más tiene es el que más vale, y decimos no a un mundo que destina a las armas de guerra dos millones de dólares cada minuto, mientras cada minuto mata treinta niños por hambre o enfermedad curable. La bomba de neutrones que salva a las cosas y aniquila a la gente, es un perfecto símbolo de nuestro tiempo. Para el asesino sistema que convierte en objetivos militares a las estrellas de la noche, el ser humano no es más que un factor de producción y de consumo y un objeto de uso; el tiempo, no más que un recurso económico; y el planeta entero una fuente de renta que debe rendir hasta la última gota de su jugo. Se multiplica la pobreza para multiplicar la riqueza, y se multiplican las armas que custodian esa riqueza, riqueza de poquitos , y que mantienen a raya la pobreza de todos los demás, y también se multiplica, mientras tanto la soledad: nosotros decimos no a un sistema que no da de comer ni da de amar, que a muchos condena al hambre de comida y a muchos más al hambre de abrazos.

Decimos no a la mentira. La cultura dominante, que los grandes medios de comunicación irradian en escala universal, nos invita a confundir el mundo con un supermercados o una pista de carreras, donde el prójimo puede ser una mercancía o un competidor, pero jamás un hermano. Esa mentirosa cultura, que cursimente especula con el amor humano para arrancarle plusvalía, es en realidad una cultura del desvínculo: tiene por dioses a los ganadores, los exitosos dueños del dinero y el poder, y por héroes a los uniformados rambos que les cuidan las espaldas aplicando la Doctrina de seguridad Nacional. Por lo que dice y por lo que calla, la cultura dominante miente que la pobreza de los pobres no es un resultado de la riqueza de los ricos, sino que es hija de nadie, proviene de la oreja de una cabra o de la voluntad de Dios, que hizo a los pobres perezosos y burros. De la misma manera, la humillación de unos hombres por otros no tiene porqué motivar la solidaria indignación o el escándalo, porque pertenece al orden natural de las cosas: las dictaduras latinoamericanas, pongamos por caso, forman parte de nuestra exhuberante naturaleza y no del sistema imperialista del poder.

El desprecio traiciona la historia y mutila al mundo. Los poderosos fabricantes de opinión nos tratan como si no existiéramos, o como si fuéramos sombras bobas. La herencia colonial obliga al llamado Tercer mundo, habitado por gente de tercera categoría, a que acepte como propia la memoria de sus vencedores y a que compre la mentira ajena para usarla como si fuera la propia verdad. Nos premian la obediencia, nos castigan la inteligencia y nos desalientan la energía creadora. Somos opinados, pero no podemos ser opinadores. Tenemos derecho al eco, no a la voz, y los que mandan elogian nuestro talento de papagayos. Nosotros decimos no: nos negamos a aceptar esta mediocridad como destino.

Nosotros decimos no al miedo. No al miedo de decir, al miedo de hacer, al miedo de ser. El colonialismo visible prohibe decir, prohibe hacer, prohibe ser. El colonialismo invisible, más eficaz, nos convence de que no se puede decir, no se puede hacer, no se puede ser. El miedo se disfraza de realismo: para que la realidad no sea irreal, nos dicen los ideólogos de la impotencia, la moral ha de ser inmoral. Ante la indignidad, ante la miseria, ante la mentira, no tenemos más remedio que la resignación. Signados por la fatalidad, nacemos haraganes, irresponsables, violentos, tontos, pintorescos y condenados a la tutela militar. A lo sumo, podemos aspirar a convertirnos en prisioneros de buena conducta, capaces de pagar puntualmente los intereses de una descomunal deuda externa contraída para financiar el lujo que nos humilla y el garrote que nos golpea.

Y en este cuadro de cosas, nosotros decimos no a la neutralidad de la palabra humana. Decimos no a quienes nos invitan a lavarnos las manos ante las cotidianas crucifixiones que ocurren a nuestro alrededor. A la aburrida fascinación de un arte frío, indiferente, contemplador del espejo, preferimos un arte caliente, que celebra la aventura humana en el mundo y en ella participa, un arte irremediablemente enamorado y peleón. ¿Sería bella la belleza si no fuera justa?, Sería justa la justicia si no fuera bella?. Nosotros decimos no al divorcio de la belleza y de la justicia, porque decimos sí a su abrazo poderoso y fecundo.

Ocurre que decimos no, y diciendo no estamos diciendo sí.

Diciendo no a las dictaduras, y no a las dictaduras disfrazadas de democracias, nosotros estamos diciendo sí a la lucha por la democracia verdadera, que a nadie negará el pan ni la palabra y que será hermosa y peligrosa como un poema de Neruda o una canción de Violeta.

Diciendo no al devastador imperio de la codicia, que tiene su centro en el norte de América, nosotros estamos diciendo sí a otra América posible, que nacerá de la más antigua de las tradiciones americanas, la tradición comunitaria: la tradición comunitaria que los indios de Chile defienden, desesperadamente, de derrota en derrota, desde hace cinco siglos.

Diciendo no a la paz sin dignidad, estamos diciendo sí al sagrado derecho de rebelión contra la injusticia y su larga historia, larga como la historia de la resistencia popular en el largo mapa de Chile.

Diciendo no a la libertad del dinero, nosotros estamos diciendo sí a la libertad de las personas: libertad maltratada y lastimada, mil veces caída, como Chile, y como Chile, mil veces alzada.

Diciendo no al egoísmo suicida de los poderosos, que han convertido al mundo en un vasto cuartel, nosotros estamos diciendo sí a la solidaridad humana, que nos da sentido universal y confirma la fuerza de fraternidades más poderosas que todas las fronteras con todos sus guardianes: esa fuerza que nos invade, como la música de Chile, y como el vino de Chile nos abraza.

Y diciendo no al triste encanto del desencanto, nosotros estamos diciendo sí a la esperanza, la esperanza hambrienta y loca y amante y amada, como Chile: la esperanza obstinada como los hijos de Chile rompiendo la noche.

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March 22, 2009

Respuesta a "Por si vienen los ladrones"

No le dejen el trabajo sólo a Dios, hagan sus leyes valer. ¿Acaso no existe ley en la República Dominicana protegiendo la propiedad privada? ¿Acaso no existen el poder ejecutivo y el poder judicial para hacer cumplir las leyes?

¿Qué es, en fin, lo que no existe en la República mía? ¿Será que no existen la voluntad de ser una sociedad de leyes y derechos, y la fortitud de mantenerlas benefíciese o caiga quien fuere? ¿Y los hombres y mujeres dominicanos de recto carácter e iniciativa?

Quizás sí existen, pero muy pocos. Quizás el materialismo y la inequidad son mayores que el civismo y la condescendencia y el respeto al derecho, propio, ajeno y colectivo; y quizás los dominicanos de mala voluntad también son más que los de buena. Si es así, en verdad hemos caído, y en algo hemos fallado todos como dominicanos.

Pieza original disponible en [ http://aliciaestevez.wordpress.com/2009/02/25/por-si-vienen-los-ladrones/  ]

Nuestros valores

Mis padres siempre me contaban de que "cuando Trujillo las cosas no eran así" cuando veían una u otra situación.  Resulta que Trujillo era un dictador y en nuestros tiempos eso está fuera de fashion, y los dominicanos nos creemos poseedores de una democracia que, aunque no perfecta ni óptima, es en fin de todos y nos permite llevar nuestros valores, asuntos y negocios adelante en relativa paz.

La cuestión de la basura y la pudredumbre es una de esas cosas que me contaban no eran aceptables durante la dictadura.  No podía ninguna persona, aun en su niñez, andar descalzo, sin importar cuánta era su pobreza;  no podía verse basura tirada en ningún rincón, sin importar el barrio.  Se arriesgaba el ofensor a una pena severa, quizás excesiva.  Cierto, tampoco podía un hombre andar con greñas sueltas ni una mujer entrar a ciertos edificios vistiendo pantalones.  Era una dictadura, y se afirmaban los valores de una persona, para bien o para mal.  Sin embargo, hay algunos valores que de verdad hay que preguntarse si van con el interés domincano o no.

¿Realmente queremos vivir en una sociedad con tanto ruido?  Si nuestro trabajo nos produce cierta prosperidad como para poder comprar tal o cual estéreo, ¿realmente tenemos que hacer alarde de aquello, subiéndole el volumen para que la cuadra entera lo oiga?  Y despues quejarnos que aquél que no tiene estéreo ni modo de conseguir la prosperidad que lo engendra tome la oportunidad de meterse en nuestra casa y se lo lleve, porque esos son sus valores, o esa es su prosperidad?  ¿A quién no le gusta andar en una yipeta?  A eso aspiramos, a la prosperidad material.  Aquél que la tiene es admirado o envidiado, aquél que la carece despreciado y marginalizado.

No creo que sea la culpa enteramente de el gobierno, porque el gobierno son personas, tan dominicanas y dominicanos como los que no son del gobierno.  No se puede confiar que solamente las personas en el gobierno fomenten valores y cumplan y hagan cumplir las leyes.  Ese es un trabajo de todos los que vivan en territorio quisqueyano.  No obstante, sí tiene el gobierno un importante papel que desempeñar en materia de construir una sociedad más orientada al derecho, la equidad, el civismo y el bienestar social de todos los dominicanos.

También estoy de acuerdo en que debemos educarnos en familia, pero debemos reconocer que hay fuerzas más allá del alcance de la familia o el gobierno que no se pueden enfrentar solos.  Las fuerzas de la economia global, el desempleo, la competencia nacional e internacional en campo de la inversión y los mercados pintan un panorama en el que casi no llevan pincel nuestras familias y nuestros conciudadanos.

Comparar a Quisqueya con Gringolandia es incomprensible; comparar los recursos de unos con los de los otros no tiene sentido, como lo es comparar la historia del desarrollo de una sociedad con el de la otra, midiendo de paso los logros que aquellos recursos hacen posible.  Lo que debemos hacer es conocer los valores que como sociedad dominicana deseamos ver cumplir, ya sea para nosotros mismos y nuestras familias y futuras generaciones, como para todo dominicano, y acatarlos en toda oportunidad.


http://aliciaestevez.wordpress.com/2009/02/10/se-pudre-el-paraiso/#comment-846

Pieza original disponible en [ http://aliciaestevez.wordpress.com/2009/02/10/se-pudre-el-paraiso/ ]

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